Elena Urrez
ESTA OBRA FUE PRODUCIDA CON EL PREMIO S 2009, EL FONDO NACIONAL DE LAS ARTES Y PROTEATRO
10 de octubre de 2011
PALABRAS DE ESPECTADORES
Me gustó de la obra porque por un lado pasa lo que pasa, y ademas está todo lo que uno se va haciendo en la cabeza de lo que "puede llegar a pasar", como si hubiera dos dimensiones. A ella (boticaria) parece que la pueden violar, o matar, o cuando el Viejo se va al baño que puede matar al marido, por eso ellos (el joven y la boticaria) miran constantemente atras... y parece que se va a dar una historia de amor, pero al final...
5 de octubre de 2011
CRITICA VIENDO TEATRO - HABLAN LOS ACTORES
sábado 1 de octubre de 2011
La Boticaria

El viejo y el joven son técnicos de una producción cinematográfica
que ha tomado un pueblo como locación de rodaje y con la excusa
de curar una torcedura de pie, se cuelan en la casa de la boticaria del pueblo,
mientras su marido duerme en la habitación.
Un licor ofrecido por la boticaria a los visitantes es el detonante
Un licor ofrecido por la boticaria a los visitantes es el detonante
para que la conversación se extienda y los intrusos se instalen en la sala.
Siempre está la impresión que algo va a suceder, no se sabe si malo o bueno.
En tanto banales conversaciones se van afectando dos paralelas muy marcadas:
la inocencia y solidaridad con el oportunismo y picardía;
sin embargo las únicas víctimas parecen ser los sentimientos,
una historia de amor que se me aparece escabullida entre la ilusión campesina
y la desesperanza citadina.
La escena se explora desde el código lumínico, los espacios e intenciones de los personajes
La escena se explora desde el código lumínico, los espacios e intenciones de los personajes
se van abriendo y desarrollando cuando la iluminación les da su oportunidad;
mientras que los momentos de oscuridad, a manera de elipsis,
sirven para relatar en off ciertas acciones que revelan a los personajes.
Una interesante investigación escénica por parte de la dirección
Una interesante investigación escénica por parte de la dirección
y los actores provocan atraer con una historia sencilla y profunda,
algo nada fácil y conmovedor cuando se efectiviza.
UN MINUTO CON LOS PROTAGONISTAS
Ficha Artística
Autoría: Verónica Mc Loughlin
Actúan: Francisco Espinal, Marianela Iglesia, Mauricio Minetti
Teatro Anfitrión
Actúan: Francisco Espinal, Marianela Iglesia, Mauricio Minetti
Diseño de luces: Matías Iaccarino, Carolina Rolandi
Dirección: Verónica Mc Loughlin
Teatro Anfitrión
Venezuela 3340 - Buenos Aires - Capital Federal
Entrada: $ 50,00 y $ 30,00 - Domingo - 18:30 hs
Etiquetas: Nota: Jorge Sandoval, Teatro
24 de septiembre de 2011
Hermosa critica de Carlos Diviesti en El Blog de la Esquina Peligrosa
22 de septiembre de 2011
De lo sutil y lo inasible
(...) Al cabo de unos minutos el médico se separa de Obtesov y se aleja, mientras que Obtesov vuelve. Una y otra vez pasa por delante de la botica... Tan pronto se detiene junto a la puerta como echa a andar otra vez. Por fin, suena el discreto tintineo de la campanilla (...) Anton Chejov, La mujer del boticario
En el campo, en el verano, el día se incendia bajo el horizonte de la noche. La luna sube roja hacia el cielo y de a poco se transforma en una cara sedienta. En esos pueblos de dos o tres calles torcidas, definitivamente fuera de todas las ciudades, los pensamientos se escapan del cuerpo y se escuchan en la absoluta oscuridad, y hasta huelen a lumbre y a botica y adquieren el contorno de una silueta de mujer. Pero generalmente los pensamientos se esconden tras los visillos de algunas ventanas más allá, de cara a los arbustos, y se abandonan al susurro tras perder la lucha con la conciencia. Qué puede pensarse en voz alta en la desazón del campo a la madrugada. Una alegría erigida en la infamia por ejemplo, que baile silenciosa en el deseo de los desconocidos, que se apague en un lamento que aguarda el amanecer para abandonarse al olvido.
La melódica amargura de Chejov se traduce en una mínima esperanza irrenunciable. LA BOTICARIA, segunda pieza escrita y dirigida por Verónica McLoughlin, no es una mera lectura del cuento La mujer del boticario: es una mirada exquisita hacia un universo de familiar eternidad. McLoughlin traslada la acción al campo cercano, ese que podría estar aquí nomás, y aunque señala un tiempo que bien podría ser el presente, tiempo y espacio conducen a evidenciar el pulso que siempre late en el alma de los hombres, expuesto una vez decantada esa poesía hecha de luces sutiles y sonidos alejados y de espacios definidos en el imaginario de cada uno. Y no es nada más que sensibilidad porque en LA BOTICARIA también hay belleza estética: baste recordar una calle de pulida geometría para descubrir en ella la exaltada pasión de un momento inasible, que podría haberse perdido pero que McLoughlin toma entre sus dedos y luego lo deja volar.
LA BOTICARIA, dramaturgia de Verónica McLoughlin sobre el cuento La mujer del boticario, de Anton Chejov. Dirigida por Verónica McLoughlin. Producción: Marlene Nördlinger. Asistente de Dirección: Sonia Frickx. Escenografía y Vestuario: Gerardo Porión. Diseño de Luces: Matías Iaccarino, Carolina Rolandi. Diseño de Sonido y Música: Manuel Toyos. Intérpretes: Francisco Espinal, Marianela Iglesia, Mauricio Minetti. Teatro Anfitrión, Venezuela 3340. Domingos a las 18.30. http://blogesquinapeligrosa.blogspot.com/2011/09/de-lo-sutil-y-lo-inasible.html
21 de septiembre de 2011
Critica en De todos los dias wordpress
La boticariaLunes, sep 19 2011
Según los usos y costumbres, se le dice boticaria a la esposa del boticario. No es necesario estudiar ni tener título habilitante…es algo que se hereda como el apellido.
Verónica Mc Loughlin escribió una pieza teatral que lleva por título ‘La boticaria’ y dirigió a Francisco Espinal, Marianela Iglesia y Mauricio Minetti en la puesta del Anfitrión.
Una historia chiquita, mínima diría, recordando que no solamente son interesantes las historias que cambian al mundo…quizás alguna noche puede significar solamente una noche o quien sabe…en una de esas cambia alguna vida…y capaz que al mundo también.
Olor a pueblo chico en la sala. Un hombre y un muchacho tocando el timbre de la farmacia, esperando ser atendidos por la muchacha en cuestión. Tres soledades que por un rato tienen una vida diferente…y hacen planes…y por un rato se animan a ser lo que quieren ser. Seguramente esos minutos harán perdurable la pequeña historia y me animo a creer que no volverán a ser los mismos al día siguiente.
Una obra chiquita, como esas cosas que una se llevaría a la mesa de luz.
http://detodoslosdias.wordpress.com/2011/09/19/la-boticaria/
PALABRAS DE ESPECTADORES
Mientras aplaudía pensé:¡Preciosa!
Después del café reflexioné: Sutil- Intensa- Mágica
A los dos o tres días inferí: la realizadora se montó en el cuento, desplegó las alas y lo echó a volar.
Y con la puesta de ese equipo de trabajo acertadamente elegido, los espectadores, volamos con él.
Después del café reflexioné: Sutil- Intensa- Mágica
A los dos o tres días inferí: la realizadora se montó en el cuento, desplegó las alas y lo echó a volar.
Y con la puesta de ese equipo de trabajo acertadamente elegido, los espectadores, volamos con él.
Graciela Logarzo
15 de septiembre de 2011
En Hecho en Buenos Aires
SIMPLE Y SENSIBLE
Una joven boticaria toma fresco en una noche de verano cuando dos hombres se acercan a su negocio. Así
comienza un encuentro que modificará, al menos, esa noche. “Escribí inspirada en el cuento de Antón Chéjov: la obra relata el encuentro entre estos dos hombres urbanos con la mujer de pueblo” dice Verónica Mc Loughlin, directora de La Boticaria. El acento en las luces y la escasa escenografía son la línea de una puesta centrada en la actuación. “Mi intención es expresar una mirada sobre un hecho. Historia simple contada de una manera muy sensible”, prosigue Mc Loughlin. La Boticaria es un cuento sobre la soledad y los sueños postergados. Sobre la resignación y la aventura. Sobre la ilusión. Y la vida sin mayúsculas; la de aquello que no somos héroes.
comienza un encuentro que modificará, al menos, esa noche. “Escribí inspirada en el cuento de Antón Chéjov: la obra relata el encuentro entre estos dos hombres urbanos con la mujer de pueblo” dice Verónica Mc Loughlin, directora de La Boticaria. El acento en las luces y la escasa escenografía son la línea de una puesta centrada en la actuación. “Mi intención es expresar una mirada sobre un hecho. Historia simple contada de una manera muy sensible”, prosigue Mc Loughlin. La Boticaria es un cuento sobre la soledad y los sueños postergados. Sobre la resignación y la aventura. Sobre la ilusión. Y la vida sin mayúsculas; la de aquello que no somos héroes.
14 de septiembre de 2011
CRITICA FUNAMBULOS
La boticaria
domingo 11 de septiembre de 2011

Por Malala González
La luz que da sala se apaga y una ficción se despliega en completa oscuridad. Somos interpelados a recrear con la imaginación un relato que resultará, sencillamente, delicioso. No vemos, sólo escuchamos el comienzo de una historia inspirada en el cuento del gran Chéjov. Y, a medida que avance, será el espacio fragmentado por lo lumínico, el que nos haga oscilar entre el ver y el no ver, entre lo narrado oralmente y lo escénicamente construido.
La trama se ubica en un pueblito donde son dos que tocan el timbre de la botica y una es la que atiende a largas horas de la noche calurosa. Ella, que los deja entrar, y ellos, que aceptan con una excusa engañosa, son los que resuelven un encuentro simple y lleno de pequeños grandes momentos que, al finalizar la función, nos dejan una linda sensación.
La puesta (muy bien puesta ¡valga la redundancia!) junto con la dramaturgia del texto corren por cuenta de Verónica Mc Loughlin. Mientras que Marianela Iglesia, Francisco Espinal y Mauricio Minetti dan ruedo a las precisas y simpáticas actuaciones que completan favorablemente aquello que la oscuridad nos había proporcionado. Sonoramente la trama descansa sobre un extrañamiento auditivo diseñado por Manuel Toyos que se vuelve muy buen constructor de sentido, sumado al interesante diseño lumínico realizado por Matías Iaccarino y Carolina Rolandi.
Una pieza entrañable y delicada que no se priva de momentos de risa, y donde la pluma del autor ruso aparece y se agradece con tamaña soltura. Porque, como no podía ser de otra manera a lo “chejoviano”, se habla del amor, pero junto a él tienen lugar la soledad, la frustración y la desdicha del mundo terrenal. Así, el programa de mano previamente lo indica: “No hay en el mundo nada bueno que en su origen no contuviera una infamia”. Una historia de amor, de aquel capaz de gestarse de improviso en dos almas que, pudiendo encontrarse eternamente, tan sólo lo hacen por el breve lapso de un ratito (el que dura la pieza). Algo chiquito, breve, pero no por ello de poca monta, sino bien intenso, tal como el haber asistido un domingo a la tarde a ver La Boticaria.
Ficha técnica:
Dramaturgia y dirección: Verónica Mc Loughlin.
Elenco: Marianela Iglesia, Francisco Espinal y Mauricio Minetti.
Domingo 18.30hs. Teatro Anfitrión.
8 de septiembre de 2011
PALABRAS DE ESPECTADORES
"Me impactó la oscuridad con la que empieza la función. Confieso que me puso un poco nervioso que haya tanto tiempo de cámara negra, pero reconozco también que eso me limpió la mente de todo lo que venía cargando desde antes de entrar a la sala. Es como esas duchas que te das antes de entrar a la pileta, las que le anticipan al cuerpo lo que luego le va a suceder de lleno. Hasta que apareció esa luz hipnótica y violácea en el techo que me captó toda la atención: genial recurso.
Ya en lo profundo de la obra me gustó mucho el trabajo entre ellos tres: las copitas y el juego con el líquido (que parece el oro, lo áureo que los envuelve a los tres); el baile totalmente coordinado para parecer descoordinado y brusco (pero que lentamente se va haciendo dócil y suave hasta el abrazo tierno); la dureza de Mauricio que por momentos es paternal y por instantes dictatorial y perversa; la dulzura de Marianella, totalmente fresca e inocente y que cuando tiene su bajón (en su amargura final) es terrible. Además, entre los tres se hacen cargo de todo el escenario de una manera compacta y sin fisuras.
Párrafo aparte merece esa lucha con la timidez y la torpeza que experimenta Francisco que me pareció muy muy bien lograda. Además, creo que es la que finalmente crea al microhéroe que la obra necesita y la que hace mucho más creíble que, sobre el final, vuelva a la puerta y genere esa victoria de su voluntad (además de esa victoria narrativa).
En otro orden de cosas, el tiempo de la obra está súper ajustado, la iluminación y los sonidos casi perfectos. Los objetos (eso, me atrevo a suponer) son tu marca registrada teatral: impecablemente elegidos y distribuidos. Nunca molestan y aparecen sólo cuando se necesitan."
Ya en lo profundo de la obra me gustó mucho el trabajo entre ellos tres: las copitas y el juego con el líquido (que parece el oro, lo áureo que los envuelve a los tres); el baile totalmente coordinado para parecer descoordinado y brusco (pero que lentamente se va haciendo dócil y suave hasta el abrazo tierno); la dureza de Mauricio que por momentos es paternal y por instantes dictatorial y perversa; la dulzura de Marianella, totalmente fresca e inocente y que cuando tiene su bajón (en su amargura final) es terrible. Además, entre los tres se hacen cargo de todo el escenario de una manera compacta y sin fisuras.
Párrafo aparte merece esa lucha con la timidez y la torpeza que experimenta Francisco que me pareció muy muy bien lograda. Además, creo que es la que finalmente crea al microhéroe que la obra necesita y la que hace mucho más creíble que, sobre el final, vuelva a la puerta y genere esa victoria de su voluntad (además de esa victoria narrativa).
En otro orden de cosas, el tiempo de la obra está súper ajustado, la iluminación y los sonidos casi perfectos. Los objetos (eso, me atrevo a suponer) son tu marca registrada teatral: impecablemente elegidos y distribuidos. Nunca molestan y aparecen sólo cuando se necesitan."
Federico Docampo
3 de septiembre de 2011
CRITICA FANCINEMA
La boticaria
Septiembre - 1 - 2011
Muy buena
“Hay cosas que acaban llegando tan tarde” Por Javier Luzi
Es de noche y hace mucho calor. En el pueblo todo está cerrado y todos duermen. Salvo la boticaria que no puede conciliar el sueño. Asomada al balcón de su cuarto escucha unas voces. Dos hombres (que luego sabremos que son eléctricos de un equipo de filmación y provenientes de la ciudad) arman un plan para ser atendidos por la mujer y luego para entrar en la botica con explícita intención (por lo menos de uno de ellos) de aprovechar la situación, si la ocasión se da. Durante ese corto lapso de tiempo entre ingenuas confesiones, algún licor y un tango danzado entre la boticaria y el joven, algo parece nacer puro e inocente, algo que evita decir su nombre y que por ello pesará más al apagarse la luz final.
La boticaria, basada en el cuento homónimo de Antón Chéjov, recurre lúcidamente (aciertos de su dramaturga y directora Verónica Mc Loughlin) al minimalismo tanto en su dramaturgia como en su puesta, con la austeridad que demuestra el uso de apenas una mesa y una silla en escena y una lograda labor interpretativa a cargo del trío protagónico. Los acertados climas deben parte de su efectividad a un trabajo de iluminación que despliega su inteligente uso y su artística disposición, y al trabajo de la palabra y la voz que aparece como central. Las descripciones características de la literatura realista del siglo XIX se enuncian en la oscuridad más absoluta, lo que activa el campo de la imaginación en el espectador con los mejores resultados.
El texto actualiza el original sin anclarlo en la coyuntura, apropiándose de la sutileza chejoviana, aportando algún toque de humor proveniente del choque de esos dos mundos que se cruzaron sin querer, y acentuando las intenciones de los forasteros (el mayor más evidente, el menor más empujado por el “qué dirán”) en desmedro de la inocencia pueblerina. Para mostrar en el desarrollo cómo se impone la femineidad y el sentimiento por sobre la masculinidad instintiva. Aunque el triunfo final sea del destino que se alza por encima de todo deseo humano.
Quizá se podría objetar la artificialidad de la resolución para sacar de escena un tiempo al hombre mayor y permitir el desarrollo del nódulo central que significa en la obra el dúo imposible de los jóvenes, lo que provoca cierto desbalance y manifiesta cierta funcionalidad de este personaje. Pero más allá de eso abundan los aciertos ya apuntados.
Ecos de alguna Bovary desesperada en su eterno transcurrir sin teleología o de alguna protagonista de Manuel Puig deshojándose en el pueblo chico se dejan traslucir en La boticaria. Delicada, sutil, con la esfumación de ese tiempo nocturnal donde los sueños se mezclan con la realidad y sólo cabe añorar lo que pudo haber sido y no fue.
http://www.fancinema.com.ar/2011/09/la-boticaria/#more-26663
1 de septiembre de 2011
MAS PALABRAS DE ESPECTADORES
Gran logro, de una pequeña anecdota una riqueza de climas y personajes! Me gusto mucho y como vi la anterior, me sigue maravillando como logras crear climas tan profundos.... ¡Gracias una vez mas ! ¡Y felicitaciones al equipo!
Laura Kossoy
PALABRAS DE ESPECTADORES
Lo mejor de La Boticaria es que uno puede volver a verla.
Es una obra en la que todo sucede ahí nomás, a unos pasos. Tiene ese tono íntimo que ya es marca registrada de la directora, Verónica Mc Loughlin, pero llevado a un registro entre los actores que tiene algo más. Ahí nomás, decía, sucede todo. Porque hay algo entre esos tres actores, que se ve, que se vive; durante un rato uno ve algo que no puede describir, algo denso que pasa frente a nosotros. La obra tiene al mismo tiempo un registro humorístico y siniestro, que hace de la experiencia algo único en nuestro teatro autóctono. Es una obra sin pretensiones de fasto, que consigue con creces lo que se propone. Insisto, para volver a ver.
Es una obra en la que todo sucede ahí nomás, a unos pasos. Tiene ese tono íntimo que ya es marca registrada de la directora, Verónica Mc Loughlin, pero llevado a un registro entre los actores que tiene algo más. Ahí nomás, decía, sucede todo. Porque hay algo entre esos tres actores, que se ve, que se vive; durante un rato uno ve algo que no puede describir, algo denso que pasa frente a nosotros. La obra tiene al mismo tiempo un registro humorístico y siniestro, que hace de la experiencia algo único en nuestro teatro autóctono. Es una obra sin pretensiones de fasto, que consigue con creces lo que se propone. Insisto, para volver a ver.
Pablo DeFazio
29 de agosto de 2011
PALABRAS ESPECIALES
Con ánimo de amar
O cómo el amor es una cuestión de coordinación.
Intentar abarcar la cartelera teatral porteña se ha vuelto una tarea casi tan imposible como la de perseguir el horizonte. No se trata de que, tanto ella como él, se hallan siempre un paso adelante; lo que sucede es que la naturaleza misma de este fenómeno –lo teatral como experiencia cultural- se ha vuelto omnisciente. Uno convive en Buenos Aires con un montón de realidades y, además, con un monstruo de mil cabezas llamado ‘teatro’. Ciertamente, lo más interesante de esta convivencia es que uno la encara sabiendo de antemano que lleva las de perder. No obstante, arremetemos una y otra vez en desmedro de nuestra capacidad física, emocional y de bolsillo.
Así las cosas, un domingo bastante frío fui a ver “La Boticaria”, el segundo trabajo de Verónica Mc Loughlin como dramaturga y directora. Seducido por las bondades de su primer opus, el encuentro de ese día llevaba la impronta de las altas expectativas que, sabemos, la mayoría de las veces entorpece sobremanera la consumación del hecho artístico.
He aquí las buenas noticias: “La Boticaria” es una obra que deslumbra, en más de un sentido. Pienso ‘deslumbrar’ en su significado más estricto, el de perder momentáneamente la vista por un golpe de luz inesperado. El mayor acierto de la puesta en escena es, pues, la decisión de ocultar y/o mostrar utilizando el dispositivo lumínico como elemento privilegiado. La elección de poner en tensión la noción de ‘imagen’ como centro del desarrollo de la vida moderna obliga a pensar ‘lo oscuro’, que no ya la oscuridad, como un atributo de lo que debe verse, en términos de ‘lo real’. (Abro paréntesis: comienza la función, un señor y su familia sentados en la fila de atrás; como no hay nada que ver, charlan. Al parecer, las hijas no son muy asiduas concurrentes al teatro por lo que el padre les explica en voz baja las diferencias entre actuar y dirigir. Más vale que exagero pero eso entendí de lo que pude escuchar. Mientras tanto, en escena, los actores hablan. En la oscuridad, pero hablan. Cierro paréntesis.) La dupla Iaccarino-Rolandi anota entonces el primer poroto. Al instante se suma Toyos, que inscribe la relación de la obra con el sonido en términos binarios: cada personaje habla un ‘ruido’ diferente, al igual que el ambiente. Las voces se mezclan en una especie de colchón sonoro que, de nuevo, apela a la duplicidad como forma de expresión. Por momentos, se vuelve extraño; de a ratos, ausente. Pero siempre inspirado.
Si “Voto de silencio” era una historia sobre la capacidad de transformación del amor, “La Boticaria” lo es sobre sus imposibilidades. (Algunas ideas sobre la ópera prima de V. McL., su relación con lo ‘cinematográfico’, su concepción acerca de los aspectos técnicos y la teatralidad en general pueden leerse en https://www.facebook.com/note.php?note_id=192745878787). Lo que en aquella era posible, en ésta queda trunco. Lo sucedido antes no se repite, no porque la decepción se haya apoderado de Mc Loughlin, sino porque su nueva mirada sobre el amor opera en términos negativos, según los usos de la fotografía. Algo así como que lo que no se revela es lo que en verdad acontece. Una operación de inversión para hablar sobre el mismo tema sin reiterar, aburrir o complacer. En esta línea, los tres actores –Espinal, Iglesia y Minetti- terminan de alinear el mecanismo narrativo con actuaciones creíbles, atentas al detalle y utilizando la intuición como principal aliada. En este punto, la directora entiende acertadamente los riesgos de la trinidad. El tres es un número difícil para las relaciones; es por ello que se vuelve fundamental para la fluidez de la trama toda estrategia que tienda a redistribuir la energía de a pares, reservando las tríadas para esos momentos que operan como puentes que hacen avanzar la acción hacia el final. La escena del baile es, de todas, la más explícita en relación a esto.
En esta segunda apuesta teatral, Verónica Mc Loughlin hace gala de un poder de abstracción notable, no dependiendo de elementos intrascendentes y concentrando aún más las herramientas al alcance de la mano. En conjunto, ambas obras delinean sin complejos una ética de lo femenino que funciona en dos niveles diferentes pero superpuestos: pone a la mujer en el centro de la escena al tiempo que activa una mirada sobre lo masculino alejada de los estereotipos machistas y falócratas imperantes en el mundo de hoy.
La vocación de esta directora por lo simple y lo sutil, por la ternura y la inocencia como atributos de la especie humana se ha vuelto ya una marca de autor insoslayable. “La Boticaria” se inscribe en esta tradición con una convicción a prueba de balas pero aceptando los desafíos de la ambigüedad. “No hay en el mundo nada bueno que en su origen no contuviera una infamia.” Mc Loughlin y su equipo le piden prestada esta frase a Antón Chéjov y trazan las coordenadas a través de las cuales es posible distinguir lo que significa el hecho teatral como disciplina artística, ética y política a la vez.
Gracias por leer!
Ezequiel Galeano
25 de agosto de 2011
PALABRAS DE ESPECTADORES
Me parecieron muy buenos los actores en su progresión dramática, muy bueno el uso del sonido. Era – buscado o no- como un acople molesto que parecía ser la conciencia de ellos. El uso de la luz como flashes hipnotiza.
Mucha atmósfera de vacio, campo, nada y todo. Lo más difícil de lograr en vivo a mi entender es eso el clima sustancial. Muy bueno el uso del espacio, los costados, el arriba y abajo. Muy bien logrado todo con muy pocos recursos.
La historia también es buena. Pareciera ser el recorte de algo más grande. Es aparentemente sencilla pero está muy bien concentrado todo porque despierta, por esa sencillez concentrada, sentimientos encontrados: miedo, ternura, deseo, inquietud...
El final está muy bien resuelto en planos.
Como te decía me interesa mucho como lo de afuera- lo que no pasa- es tan importante como lo de adentro- lo que pasa- La asocié c La peli Los Puentes de Madison de Clint Eastwood pero en ese caso la protagonista aprieta el picaporte para abrir la puerta del auto y pareciera que le pasa la vida por los ligamentos, pero no lo hace y se muere x dentro y a todo esto previamente te mostraron o contaron la opresión de lo cotidiano, del deber ser, mientras este ser fresco y nuevo le despierta el deseo y su femineidad y el pulso de lo bello. Todos eso tenía para decirte!! Te felicito mucho! Alicia Gutsbisch
Mucha atmósfera de vacio, campo, nada y todo. Lo más difícil de lograr en vivo a mi entender es eso el clima sustancial. Muy bueno el uso del espacio, los costados, el arriba y abajo. Muy bien logrado todo con muy pocos recursos.
La historia también es buena. Pareciera ser el recorte de algo más grande. Es aparentemente sencilla pero está muy bien concentrado todo porque despierta, por esa sencillez concentrada, sentimientos encontrados: miedo, ternura, deseo, inquietud...
El final está muy bien resuelto en planos.
Como te decía me interesa mucho como lo de afuera- lo que no pasa- es tan importante como lo de adentro- lo que pasa- La asocié c La peli Los Puentes de Madison de Clint Eastwood pero en ese caso la protagonista aprieta el picaporte para abrir la puerta del auto y pareciera que le pasa la vida por los ligamentos, pero no lo hace y se muere x dentro y a todo esto previamente te mostraron o contaron la opresión de lo cotidiano, del deber ser, mientras este ser fresco y nuevo le despierta el deseo y su femineidad y el pulso de lo bello. Todos eso tenía para decirte!! Te felicito mucho! Alicia Gutsbisch
23 de agosto de 2011
PALABRAS DE ESPECTADORES
Hay tres imágenes que me parecen particularmente especiales: la del principio, esa oscuridad densa que te lleva inevitablemente a imaginar la escena –algo que pasa cuando leés un cuento, y me parece super atinado teniendo en cuenta que, efectivamente, el texto sale de un cuento-; la del momento en que la boticaria camina por el pasillo para abrirle a los visitantes; y la del final, que parece una especie de retrato de camafeo, como un cuadro para atesorar. Me gustó mucho el trabajo que hicieron con las luces.
Me gustó mucho también lo que hiciste con el texto y el registro.
Me parece genial cómo transformaste el cuento en una historia que podría pasar en cualquier barrio.
Me parece genial cómo transformaste el cuento en una historia que podría pasar en cualquier barrio.
La relación que establecen los dos hombres entre sí me parece super natural, cotidiana: suma que haya insultos, acerca muchísimo la historia a los espectadores.
Ya nos tenés acostumbrados a unas historias deliciosas y La Boticaria no es excepción!
Sabrina
21 de agosto de 2011
LA BOTICARIA EN TIEMPO ARGENTINO
Un cuento sobre los sueños postergados
Publicado el 21 de Agosto de 2011Verónica Mc Loughlin, dramaturga.
–¿Qué propone La Boticaria?
–Es una obra que escribí inspirándome en el cuento homónimo de Chéjov. Se trata de un encuentro entre la joven y bella del pueblo y dos hombres que se acercan a la puerta de su negocio para conocerla. La obra es un cuento sobre la soledad y los sueños postergados.
–¿Cómo surge la idea de llevar a escena un clásico?
–Un amigo me acercó el cuento. Me gustó y quise adaptarlo. En ese momento estaba en escena mi primera obra Voto de Silencio, y recibí el premio S 2009, que me dio el dinero necesario para producir esta segunda obra.
–Se van a presentar en México. ¿Cómo surgió la posibilidad?
–Al festival de la Rendija (Mérida, México) viajo yo, con otra obra que estoy dirigiendo y se llama Una mujer que no duerme. Actúa Juliana Muras y la dramaturgia es de las dos, sobre textos de Clarice Lispector.
–¿Cómo sigue la agenda de presentaciones? ¿Hay alguna otra obra en cartel?
–Por ahora estamos los domingos a las 18:30 con La Boticaria, en el teatro Anfitrión. Yo además estoy actuando en Blanco después, de Nicolás Bolívar, todos los viernes a las 21 en el Camarín de las Musas. En septiembre viajo a México y luego el estreno es aquí. Y, seguramente, en octubre estrenaré otra obra que estoy dirigiendo. En este caso no la escribí yo sino que es de una autora búlgara.
–¿Qué propone La Boticaria?
–Es una obra que escribí inspirándome en el cuento homónimo de Chéjov. Se trata de un encuentro entre la joven y bella del pueblo y dos hombres que se acercan a la puerta de su negocio para conocerla. La obra es un cuento sobre la soledad y los sueños postergados.
–¿Cómo surge la idea de llevar a escena un clásico?
–Un amigo me acercó el cuento. Me gustó y quise adaptarlo. En ese momento estaba en escena mi primera obra Voto de Silencio, y recibí el premio S 2009, que me dio el dinero necesario para producir esta segunda obra.
–Se van a presentar en México. ¿Cómo surgió la posibilidad?
–Al festival de la Rendija (Mérida, México) viajo yo, con otra obra que estoy dirigiendo y se llama Una mujer que no duerme. Actúa Juliana Muras y la dramaturgia es de las dos, sobre textos de Clarice Lispector.
–¿Cómo sigue la agenda de presentaciones? ¿Hay alguna otra obra en cartel?
–Por ahora estamos los domingos a las 18:30 con La Boticaria, en el teatro Anfitrión. Yo además estoy actuando en Blanco después, de Nicolás Bolívar, todos los viernes a las 21 en el Camarín de las Musas. En septiembre viajo a México y luego el estreno es aquí. Y, seguramente, en octubre estrenaré otra obra que estoy dirigiendo. En este caso no la escribí yo sino que es de una autora búlgara.
28 de julio de 2011
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